Todo empezó al final de una sesión de fotos con mi primera gran clienta, que hoy se ha convertido en una gran amiga. Mientras terminábamos, me tomó por sorpresa: "¿Qué opinas de que me haga un tatuaje?" Charlamos un poco. Como iba a ser el primero, quería algo especial, pero no tenía una idea clara. Decidí darle una sugerencia real, aunque confieso que un tanto fantasiosa, llevando la idea totalmente hacia mi propio mundo. Algo que dialogaba mucho más con mis propias obsesiones que con las de ella. Le dije, con convicción: "Hazte una carta de póker." Ella asimiló la idea, dijo que lo pensaría, y la sesión terminó.
Hasta que, en nuestra siguiente sesión —un proyecto con un enfoque mucho más íntimo y sensual—, llegó y me avisó: "Me hice el tatuaje. Durante las fotos lo vas a terminar viendo, así que aprovecha y haz unos registros." Cuando el diseño finalmente apareció a través de la lente, solté una carcajada y comenté al instante: "Vaya, te tomaste muy en serio mi sugerencia, ¿eh? Por cierto, ¡te quedó genial!" Ella respondió en el mismo tono, con total naturalidad: "¡Pues claro! Tú me diste la idea, lo pensé bien y decidí hacérmelo.ilusionismo.
La sesión fluyó de manera increíble después de eso, pero ese registro específico en el que apareció el tatuaje lo cambió todo. Decidí archivar esta foto aquí, separada del mundo comercial. Un secreto guardado entre la fotografía y el ilusionismo, esperando el momento exacto en que una elección tuya le dé un nuevo significado a esta imagen.